Hace poco una amiga me contaba lo colgada que está por un hombre que no merece la pena. No pude evitar sentirme identificada con su historia, porque mi comportamiento ha sido muchas veces igual de irracional.
Le conoció en un bar de copas que ambos frecuentan. Cuando se encontraban, se saludaban e intercambian un par de palabras, y siempre surgía algún comentario con las amigas: que si tiene un cuerpo de escándalo, que si parece un tipo interesante…
Por mucho tiempo no hubo más, hasta que un día en que todos se pasaron con las copas, le comentó a un colega suyo que su amigo estaba como un queso, comentario que no tardó ni medio segundo en llegar a oídos de él.
Una semana después, al volverse a encontrar, recibió una invitación a pasar la tarde del domingo juntos, que no dudó en aceptar.
La cita fue de perlas. Tomaron algo y charlaron durante horas; parecía que encajaban el uno con el otro. A este encuentro le siguió alguno más en la misma línea, hasta que una noche terminaron en su casa.
Inicio de fábula: velas, besos, caricias… pero pronto se estropeó todo. Él insistía en que quería hacerlo sin preservativo, algo a lo que, evidentemente, ella no pensaba acceder. A partir de aquí todo se fue al garete. Acabó poniéndoselo a regañadientes y siguieron a lo suyo hasta que mi amiga tuvo que decir que parase porque la estaba haciendo daño. No ahondaré más en el tema, baste decir que resultó ser bastante bruto y desconsiderado.
Después de este encuentro, ella decía que no quería saber más de él pero, volvieron a encontrarse en el garito de siempre, del que ninguno parecía dispuesto a alejarse.
No han vuelto a dirigirse la palabra pero no ha parado de pensar en él. Parece haberse olvidado de la mala experiencia pasada y dice que le da morbo su puntito canalla, que le encanta como le queda esa camisa o que últimamente le ve más guapo.
Y después de relatarme esta historia dice: "Si sé que es un capullo, ¿por qué no puedo dejar de pensar en él?"